jueves, mayo 11, 2017

ES NECESARIO QUE COMPAREZCAMOS ANTE EL TRIBUNAL DE CRISTO


Ap. 22:12 He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra.
 


I. Definición
 

Hay dos palabras distintas que son traducidas en el Nuevo Testamento para referirse al tribunal, “criterion” y “bimá” griego.
”criterion”, significa; “El instrumento o medio para probar o juzgar cualquier cosa”, “la regla por el cual uno juzga” “el lugar donde se hace un juicio” “el tribunal de un Juez”, “un banco de jueces”, esta palabra se refiere a una norma con el cual se imparte un juicio, un tribunal para la condenación correspondiente. 


Muchos se preguntan acerca del Tribunal de Cristo y piensan que será algo terrible estar en él.  Sin embargo, dos palabras de la lengua griega son usadas para denotar la idea o el concepto de la comparecencia ante el Señor.  Uno de esos términos refiere al texto de 2 Corintios 5, traducido como tribunal de Cristo. Este es "el bimá" de Cristo, similar al que servía para los juegos olímpicos de Atenas, una tribuna donde se entregaban los premios a los que ocuparan los primeros lugares, pero donde no se infligía ningún castigo a los que no calificaban como ganadores.  "El tribunal  o bimá" de Cristo es aquel lugar donde todo creyente comparecerá para mostrar su obra, sea buena o mala, y recibir del Señor el premio por lo que ha presentado; habrá algunos creyentes que de acuerdo a lo reseñado en 1 Corintios 3 manifestará una obra que resultará en cenizas.  La obra de cada uno será revelada por el fuego, probada por el fuego, en la metáfora paulina, de manera que en algunos ella permanecerá, lo cual implica que se recibirá recompensa. No obstante, en otros creyentes la obra no permanecerá, porque aunque han sobreedificado sobre el mismo fundamento que es Cristo, lo que han edificado es madera, heno u hojarasca, materiales no resistentes al fuego. 
Esta es la razón fundamental por la cual Pablo argumenta que la persona que edifica en esos materiales poco nobles sufrirá pérdida, si bien el mismo será salvo como por fuego, como quien escapa de un incendio, sencillamente porque la salvación no se pierde al que no se aparta de la fe , pues ha sido programada desde los siglos, y no depende de nuestras obras, sino de quien llama, ya que es por gracia para que nadie se gloríe.  Aparte de esta hermosa realidad, el llamado es a edificar con materiales nobles como el oro, plata y piedras preciosas, que son resistentes al fuego y el fuego mismo las purifica.  Esta otra metáfora conlleva sus implicaciones para estimularnos a trabajar en la obra del Señor con amor, con paciencia y con devoción, sin intrigas y sin murmuraciones, para que los materiales con los cuales se edifique sean de verdad nobles. 
El otro vocablo griego para tribunal es criterion, usado en Santiago 2:6, cuando habla de la opresión que los ricos hacen en los tribunales (acá no se menciona al bimá, sino al criterion), donde ciertamente se obtiene no una recompensa sino un castigo.  Es el mismo caso usado por Pablo en 1 Corintios 6:2 y 4, cuando menciona que nosotros hemos de juzgar al mundo y las cosas que son de menor estima en la iglesia.  Resulta por demás interesante entender que un santo jamás irá a juicio por causa de su iniquidad o pecado natural o heredado, pues el acta de sus decretos ha sido anulada y clavada en la cruz.  Cristo nos ha comprado con su sangre, ha pagado por nuestras transgresiones, por lo tanto si la persona no edifica su vida con materiales nobles, él mismo será salvo como por fuego.  Los argumentos abundan para dar razón de tan maravillosa esperanza.  Uno de ellos es caracterizado por la figura del escondite; se nos dice que nuestra vida está escondida con Cristo en Dios.  Eso implica una doble guarida, pues primero que nada tenemos la defensa de nuestro abogado intercesor, el Señor Jesucristo, a la diestra del Padre.  En segundo lugar tenemos la disposición eterna, desde los siglos, del mismo Padre celestial, quien nos escogió desde antes de la fundación del mundo, por el puro afecto de su voluntad y para alabanza de su gloria.  Notemos que sin esa escogencia no hubiese sido posible ir a Cristo, pues incluso el mismo Señor lo dijo a muchos de sus discípulos, aquellos que le acompañaron hasta el final, y a otros que le abandonaron porque les pareció dura esa palabra de oír.  El dijo que nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y el que a mí viene no le echo fuera.  La principal condición para poder entender el llamado del Señor ha sido la escogencia del Padre.  Es por eso que se nos dice que irrevocables e irresistibles son los dones y el llamamiento del Señor.
La doble defensa del escondite, podemos titular a esta maravillosa metáfora.  Un escondite donde nadie nos puede alcanzar, nadie nos puede atrapar, nadie nos puede sacar.  Un doble escondite, una doble cueva, una cueva que se encuentra dentro de otra cueva, inexpugnable.  Imaginemos por un momento que Cristo no nos quisiera (esto es un supuesto descabellado para mostrar la grandeza de esa metáfora); si eso fuera posible tenemos todavía la otra cueva, la del Padre, pues estamos escondidos en Dios.  Pero continuemos imaginando lo descabellado, que sea el Padre quien no nos quiera, entonces estamos bajo la protección del Hijo, de su muerte vicaria, pues las actas de nuestros decretos, que nos era contraria, están clavadas en la cruz.  Y como no puede haber contradicción entre el Padre y el Hijo resulta imposible que uno quiera y el otro no.  El ejemplo es simplemente para ilustrar la fortaleza de la metáfora anunciada en la Escritura: vuestra vida escondida con Cristo en Dios. 
El mismo apóstol que escribió esta revelación también escribió que nadie nos podrá separar del amor de Cristo, nadie podrá acusar a los escogidos de Dios, pues Dios es el que justifica.  Recordemos que estamos justificados por la fe en el Hijo de Dios, que Cristo vino para reconciliarnos con Dios, que pagó todas nuestras deudas y literalmente nos compró con sangre.  Ahora bien, podemos imaginar nuestro precio y no creo que pueda haber un solo creyente en la vida que pueda argumentar sólidamente que lo que se pagó por su rescate fue menor que lo que se pagó por otro hermano.  Esto implica, de entrada, que todos tenemos igual valor ante Dios, pues el valor de la paga fue el mismo: la muerte del Hijo de Dios, en sacrificio vivo.  Semejante precio merece que cuidemos una salvación tan grande, para que podamos sobreedificar en el fundamento -que es Jesucristo- en oro, plata o piedras preciosas.  Sería interesante motivarnos a presentarle al Señor una obra bien acabada, con materiales nobles.  Pero semejante precio también merece que sea cuidada nuestra salvación por parte de quien la hizo posible, por eso se nos enseña que estamos escondidos en Cristo en Dios.  No es solamente  nuestra tarea el ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor, sino que es parte de la tarea de Dios mismo el garantizar que su obra en la cruz del calvario no sea en vano.  De allí que como Él ha planificado desde antes de la fundación del mundo todo lo que quiere que acontezca(dice la Escritura que Cristo mismo estaba planificado o inmolado desde antes de la fundación del mundo), Él mismo nos ha preparado de antemano las buenas obras para que andemos en ellas.  Esto nos suena misterioso, por cuanto presuponemos de inmediato que como nadie puede resistir su voluntad entonces se acaba la responsabilidad humana. 
Sabemos que cuando una persona tiene una deuda que es impagable, eso no lo exonera de pagarla.  La paga de nuestro pecado es la muerte eterna, eso es parte del decreto divino.  Guste o no guste esa es una verdad de la teología cristiana, revelada en las Escrituras.  Ahora bien, Cristo fue inmolado para cancelar esa deuda en las personas que el Padre escogió desde antes de la fundación del mundo.  Guste o no guste esa es otra verdad revelada en las Escrituras.  Por eso Isaías dice que llevó el pecado de muchos, y Pablo agrega: en Isaac te será llamada descendencia, y repite con Isaías, si Dios no nos hubiera dejado remanente seríamos semejantes a Sodoma o a Gomorra.  Pero nosotros no sabemos quiénes han de creer, lo que sabemos es que siempre habrá gente que tendrá a bien creer.  Por eso nuestra tarea es proclamar el evangelio, la buena nueva de salvación, para que todo aquel que en Él crea, no se pierda, sino que tenga vida eterna.  Por eso Pablo mismo argumenta: ¿cómo oirán si no hay quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no fueren enviados?  Dentro de la sabiduría revelada de Dios, hasta donde nos es posible conocer, el plan es perfecto, pues nuestra tarea consiste en proclamar el evangelio, bajo el estímulo de edificar con nuestro compromiso asumido dentro de la labor misionera a la cual estamos todos llamados. 
En ningún momento la Escritura sugiere lo más mínimo en cuanto a no hacer nada, porque ya los que están predestinados para creer creerán.  No! Se nos dice todo lo contrario: ¿Cómo oirán si no hay quien les predique?  Sencillamente, el Dios que predestinó el fin, también predestinó los medios para alcanzar esos fines.  Por eso vamos a comparecer ante el tribunal de Cristo, donde la obra de cada uno de los creyentes será juzgada y premiada, pero habrá un grupo de creyentes que no recibirá premio alguno, y eso tiene consecuencias eternas, aunque se diga que ya con la salvación es suficiente.  Ciertamente es suficiente, pero eso desde nuestra perspectiva egocéntrica.  Sin embargo, desde la perspectiva del Creador el llamado es a construir con materiales nobles, por eso se nos manda a cuidar una salvación tan grande. La decencia y el orden constituyen dos características, dentro de muchas, de la obra de Dios.  Si tenemos en cuenta lo que ha costado nuestra salvación y de qué hemos sido salvados, entonces nos pondremos a derecho con el Creador.  Hemos sido salvados del infierno eterno, y eso se dice rápido.  Pero hemos sido salvados también de los errores doctrinales en esta vida.  En el mundo tendréis aflicción, se nos dice, pero confiad, Yo he vencido al mundo. Esa aflicción se torna peor cuando no ponemos en práctica las recomendaciones encontradas en las Escrituras para cuidar nuestra salvación con temor y temblor. Si nos acostumbramos a cribar todos nuestros actos por la vía de las Escrituras, como hacían los creyentes en Berea, lo cual los constituyó en más nobles que otro grupo de creyentes, entonces las aflicciones doctrinales disminuirán, y ya eso es bastante consuelo.
En la milicia de los santos no cabe la pereza y el descuido; ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, pues hemos sido llamados a escudriñar las Escrituras, pues en ellas nos parece que tenemos la vida eterna.  Erramos, dijo Cristo, si ignoramos las Escrituras.  Conocer las Escrituras implica conocer al Verbo de Vida, pues Cristo mismo es el Verbo. La Palabra revelada.  Ese es otro gran misterio revelado a nosotros: La Palabra de Dios o el Verbo de Vida.  Aprender las Escrituras implica por su naturaleza conocer más y mejor a Dios, su personalidad, su propósito eterno, su voluntad permanente.  Eso no es tarea fácil y resulta preocupante que descarguemos en terceras personas esa actividad que se recomienda como personal.  Es cierto que Dios a unos constituyó maestros, pero también es cierto que el acto de escudriñar o examinar es una encomienda a todos, pues a través de ese escrutinio podemos darnos cuenta si lo que dicen nuestros maestros es o no es conforme a la revelación misma.  De manera que los maestros sirven como estímulo, pero quienes aprendemos somos los estudiantes, y por supuesto los maestros que también estudian cuando enseñan.  En ese punto, todos estamos escudriñando las Escrituras.  Pero si hay pereza mental entonces el fruto es pobre, y se corre el riesgo de estar edificando con madera, heno u hojarasca.
Finalmente, es prudente recordar que existe una recomendación ética de vida en este mundo.  Se nos recomienda hacer todas las cosas de corazón, con ganas, como para el Señor y no para los hombres.  Con esa recomendación ética para nuestro trabajo, nada será en vano, pues si hacemos algo para el Señor recibiremos recompensa (eso se nos ha ofrecido); de manera que si nuestro trabajo diario, sea el que sea, se hace no como para los hombres, no como para buscar recompensa humana, no como para conseguir aprobación humana alguna, sino como para Dios, como para el Señor mismo, entonces se hará de buena gana.  Eso es un bonito ejercicio ético: imaginar que a quien servimos es al Señor mismo.  Cuando eso hacemos nuestro gozo despierta y aleja la desgana, nuestro trabajo se ve ligero y el diálogo con el Señor, a quien servimos, se incrementa.  Ese podría ser un buen sendero por donde transitar en nuestro diario quehacer, sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa de la herencia, porque a Cristo el Señor servís (Colosenses 3:24).

El tribunal de Cristo, el bimá, no el criterion, es el sitio adonde vamos a comparecer; esto nos anima a participar de la generosidad de una recompensa por nuestro trabajo.  Si la salvación es gratis, de gracia y no por obras, la premiación se hará por las obras.  En el relato de Apocalipsis se ve una escena donde los santos colocan sus coronas -o lo que es lo mismo, sus premiaciones- a los pies del Señor.  Ojalá tengamos algo que ofrecerle como manifiesto del amor que le tenemos, pues ya Él nos amó primero y lo hará por siempre! Prosigamos a la meta del supremo llamamiento, en la perseverancia colectiva, y más allá del grupo, en la perseverancia individual.  El que persevere hasta el fin, éste será salvo (Mt.10:22).

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