martes, octubre 25, 2016

Quebrando la Banca" La psicología del azar" Y confesiones de un Croupier

Este libro sobre el juego y el azar sería incompleto si no mencionara yo a los varios e ingeniosos sistemas que aparecen de cuando en cuando con la finalidad de hacer quebrar a la banca, y levantar una fortuna, del paño verde. Puedo afirmar rotunda y definitivamente que no se ha concebido aún el sistema que pueda vencer al banquero en lo que va del siglo. Hasta donde mi experiencia alcanza, sólo una persona logró desbancar al Casino de Monte Carlo por medios legítimos; y esa persona se llamaba Jaggers.

Este Jaggers vino del norte de Inglaterra con el inquebrantable propósito de batir a la banca del principado. Ingeniero de profesión y matemático por naturaleza, Jaggers sostenía que las ruedas de las ruletas de Monte Carlo  no estaban perfectamente balanceadas, y fallaban en dirección de ciertos números. Dentro de la predisposición mecánico-lógica de su mente argüía que los fabricantes eran impotentes para garantizar la absoluta perfección de las ruletas que construían, y que, en consecuencia, existían ciertas probabilidades de que el mecanismo traicionara al banquero en favor de los apostantes.

Con unos pocos miles de libras, Jaggers fue por lo tanto a demostrar su aserto, de que era capaz de derrotar a la banca en su propio juego.

Tomando a su servicio a varias personas, comenzó a observar las alternativas del azar, y a hacer las listas de números afortunados. Concurría todas las noches a observar cuidadosamente, y después de un cierto tiempo consiguió averiguar que ciertos números salían con, más frecuencia en cada mesa. Después de hacer una lista de ellos, y basado en tales datos, comenzó a jugar. En unos pocos días logró extraer a la banca más de 120.000 libras esterlinas.

De alguna manera pudo la Administración del Casino averiguar la clave del método que se relacionaba con deficiencias mecánicas en la construcción de las ruletas. Esa misma noche cambió a cada una de éstas de mesa. Ignorante del asunto, volvió Jaggers al día siguiente, y para su asombro, su sistema comenzó a fallar. La Banca logró recuperar 50 de las 120 mil libras perdidas anteriormente. Algo funcionaba mal por cierto. Jaggers resolvió descifrar el misterio, y por ende, después de una observación cuidadosa, comprendió que el Casino había tomado sus medidas de prevención. Una vez más, empero, ese hábil genio, pudo vencer. Después de meticulosas observaciones en cada ruleta, parece que logró descubrir ciertos marcos imperceptibles sobre cada una, pero que bastaba para identificarlos. Eran éstos, en algunos casos, apenas un leve rasguño.

Por segunda vez ganó Jaggers, recuperando las 50 mil libras que perdiera. La banca parecía destinada al ocaso de su invulnerabilidad, y envió febrilmente un mensajero a París para consultar a los fabricantes de las ruletas. El directorio de la firma diseñó entonces otras tan perfeccionadas que tendrían por fuerza que hacer fracasar el plan de Jaggers.


Construyeron las pequeñas cavidades de cada rueda, sobre la que debía asentarse la bolilla, en forma tal que cada noche pudieran cambiarse las ruedas de una mesa a otra, sin la más mínima desnivelación  en el equilibrio de las mismas. Esto derrotaría a Jaggers, pero el pequeño  genio, cuando se dió cuenta de ello, abandonó el Casino, rumbo a su ciudad natal, al norte de Inglaterra, pero llevando, eso sí, las 80 mil libras que ganara al Casino.

Jamás transcurre una temporada, en Monte Carlo, como en cualquier Casino del mundo, sin que los jugadores se devanen los sesos en el anhelo de conseguir abatir la banca y alzarse con una fortuna. Muchos crean sistemas, y sólo llegan a arruinarse por la ingenuidad de sus propios cerebros.

Muchos de ellos obtienen ganancias, y dicen a sus amigos que alcanzaron por fin la meta, en apariencia inasequible, de la inmunidad frente al banquero. Lo que sucede, por supuesto, es sólo un capricho del azar, que se les rinde al principio; no conozco a nadie que a través de un sistema no haya terminado maldiciendo a su inventor, si es que no descubre por propia experiencia la falibilidad del mismo, al ensayarlo por segunda vez. Mucha gente, obvio es negarlo, ha estado muy cerca de alcanzar el sistema infalible. Han dado, incluso, verdaderos dolores de cabeza a los Casinos, y le han extraído sumas considerables, pero casi siempre han tomado la precaución adicional de comenzar con dinero de otros, los que con frecuencia, en el imperativo de recomenzar sus vidas.

El mejor de tales sistemas era el muy simple de basar las apuestas dentro de los diez números contiguos al cero, o de su color, partiendo del razonamiento de que de nueve casos por cada diez, el péndulo no se balancearía más allá que diez puntos de su camino. En esto estuvieron acertados, pero después de varios éxitos sensacionales en diversos Casinos, el asunto fue cuidadosamente estudiado por hábiles técnicos llamados por la Administración, descubriéndose que el motivo de la retardada variación del péndulo se debía a una falla mecánica en la fabricación de las ruedas. Después de esto, los "inventores" hubieron de "retirarse", tomando el término en un sentido muy amplio.

El rey Eduardo VII, quien estuvo profundamente interesado en la ruleta, llevó a cabo un estudio muy detenido de su rueda, cuando visitó Monte Carlo. Después de un cierto tiempo se esparció el discreto rumor de que el rey había descubierto un sistema.

Una oleada de excitación conmovió a la Rivera, aguardando ansiosamente los resultados. Se decía que el soberano había decidido que el color rojo poseía una atracción magnética, y que de cada diez golpes, siete u ocho caían invariablemente sobre el rojo. Por medio de minuciosos razonamientos y dobles jugadas, argüía el soberano que después de doce golpes tenía que haber un saldo decisivamente favorable al apostador, y que dependía, claro está, del monto de las apuestas. Mucha gente trató de perfeccionar la ingeniosa idea del rey
"Teddy", como lo denominaban sus íntimos, pero ninguna de las numerosas variantes pudo lograr otra cosa que la burla más o menos ocurrente, de sus amigos.

En una de las últimas visitas que hiciera el Kaiser a la Rivera, antes de la otra guerra, lo acompañaba un cierto profesor germano, de nombre Schott, proveniente de la Universidad de Heidelberg, quien había ideado, según él manifestaba, como los otros, el verdadero sistema infalible. Enterado el Emperador, hizo que lo acompañara a Niza, y discutió el negocio detenidamente con él. Deseando ser el primero en emplear el método, el Kaiser adquirió su clave del adusto profesor por una suma de dinero muy considerable. 


Persuadido éste de que, sin duda, es preferible cualquier cantidad de dinero contante a todas las reservas de los banqueros, accedió a traspasar su secreto al augusto cliente, quien varios días más tarde, efectuó una visita de incógnito a los salones para ensayarlo. Para pasmo y enojo de Su Majestad, el sistema engrosó las utilidades del Casino en 5.000 luises. Se pregunta uno si el matemático retornó alguna vez a su sillón académico, y qué ocurrió si lo hizo.

Resulta casi divertido observar cómo los fabricantes de sistemas se lanzan sobre los extranjeros para venderles sus procedimientos que harán luego saltar la banca. Alguna de esta gente creen, en verdad, con pertinaz obstinación, en el valor de sus combinaciones, y no ceja en la búsqueda de algún generoso Mecenas que se resuelva a financiarlo, modelando de paso la fortuna de ambos.

Estos viejos optimistas -son invariablemente viejos- merecen en realidad la compasión. Puede Ud. verlos aproximarse a cualquiera, de próspero aspecto, tomarle del brazo, como preámbulo a su susurro prolongado y confidencial. Ni siquiera se precisa escucharlos, pues casi siempre la misma historia, repetida innumerables veces cada noche, durante años, probablemente en todos los Casinos del mundo.

-¿El señor espera ganar? -comienzan.
El interpelado asiente, a tiempo que la voz del otro se torna conspiratoria.
-Yo "puedo" hacerlo ganar, señor -musita. -¿Cómo?
-Poseo un sistema -la voz se vuelve más íntima- el cual nunca ha fallado.

Se detiene. Quizás, después de todo, pueda haber algo en lo que ese hombre dice. La atención crece. Las combinaciones, la ley de los promedios, etc. retorna a la circulación, en un laberinto de números, colores, alusiones a "cheval", plenos, y el resto de la jerga común a todos los centros de juego. El interlocutor está impresionado.
-¿Pero cómo no ha hecho Ud. mismo su fortuna? inquiere con inseguridad.
-¡Ah, señor! -gime el hombre. -Soy un hombre pobre. Un pequeño capital, y la fortuna de los dos está hecha.
-¿Cuánto? -inquiere el solicitado, inquieto, a tiempo que extrae su cartera. Los ojos del tronado se dilatan, y ya tiemblan sus dedos en la impaciencia del dinero.
-Cinco mil francos, Monsieur -susurra, extendiendo la mano trémula. La pareja se encamina hacia la mesa, y mientras el "inventor" se ubica cerca del "croupier", éste, y yo mismo quizás, lanza una mirada irónica en su dirección... Otro carnero que se encamina al matadero. El hombre juega, pierde el dinero, y el Mecenas comienza a increparlo. El hombre abandona la mesa, ya en su bolsillo una de las cinco placas de mil francos que recibiera.

Existen otros muchos tipos de fraguadores de sistemas. Está, por ejemplo, el cumplido caballero necesitado de unos pocos francos, y que recurre al recién llegado, neófito en estos lances. Los "instructores" profesionales en los ritos y misterios del juego son mal mirados por la Dirección y se trata siempre de impedir sus manejos, aunque es muy difícil prohibirles jugar, si han conseguido al cliente fuera del Casino.

Demás está decir que estos promotores exigen una parte sustancial de las ganancias totales, lo que resulta siempre algo exagerado, ya que ellos no arriesgan la menor suma propia en el juego.

Están también, por supuesto, esas legiones de gentes que arrojan irreflexivamente su dinero al tapete, sin poner el más mínimo sentido común en sus jugadas. A veces ni se dan cuenta siquiera de que han ganado, hasta que alguien se aviene a advertírselo.

Me acuerdo de una preciosa inglesa que una vez en Monte Carlo arrojó 18 luises, el máximo permitido a "cheval", y ganó. La banca pagó 17 a 1 los ganadores, debiendo ella cobrar, pues, 306 luises por su puesta. Creyendo que había perdido, la mujer se alejó de la mesa, y habría perdido probablemente la suma, de no haberla advertido un cortés británico a su lado, lo que evitó que los luises fueran a parar al haber de algún otro testigo menos escrupuloso.

Aunque no existe sistema alguno que pueda vencer por entero a la banca hay ciertos procedimientos que previenen al apostador del juego a tontas y a locas, y de las pérdidas desmedidas. De estos últimos es de quienes la banca recoge el grueso de sus ganancias. Si uno apuesta con prudencia, es posible disfrutar del placer de la ruleta, sin riesgo mayor de llegar a la bancarrota.

Como ex-croupier que soy, permítame Ud. que intente indicarle cómo precaverse contra las pérdidas de consideración. Recuerde que no le estoy dando un sistema infalible que puede hacer "saltar la banca", ni cosa que se le asemeje. Sólo ensayo mostrarles cómo jugar con cordura.

El mejor sistema es apostar 1, 2, 3 y 6, lo que significa que solamente debe Ud. apostar una ficha a la vez todo el tiempo que Ud. gane, aumentándola a dos, en cuanto comience a perder. Si la pérdida se repite, aumenta el monto de su apuesta a tres, y si - la suerte le es adversa de nuevo durante tres veces consecutivas, ponga entonces seis placas. Esto puede parecer "chapuceo", pero no lo es en realidad. El resultado de tal sistema de juego es que si gana Ud. al primero o segundo golpe, ha logrado, por así decirlo, una "unidad" que puede meterse en el bolsillo como ganancia, dejando "en juego" su puesta inicial.

Si pierde los primeros dos golpes, y gana en el tercero o cuarto, ha recuperado Ud. sus pérdidas, sin sacar nuevo dinero del bolsillo. Bajo este método comprobará que para que la banca le gane, deberá hacerle perder cuatro golpes, un riesgo bastante reducido en verdad.
Ahora, no vaya a forjarse la idea de que este sistema hará su fortuna. No es así. Lo que hará es proporcionar a Ud. un cierto grado de excitación con un mínimo de riesgo. Lo que cada ficha representa es un asunto puramente personal, ya valga 1, 10, 100 ó 1.000 unidades de cualquier moneda.

Si no entra en sus proyectos concurrir nunca a un Casino, el prudente sistema descrito no será de utilidad, pero si piensa Ud. visitarlos algún día, adóptelo, y lo que es más, manténgalo. Contribuirá a evitar que dilapide Ud. sus propios billetes, y que vayan a engrosar los hondos arcones de los grandes Casinos distribuidos por el mundo. 


Cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta

El individuo en situación de juego recurriría a sus habilidades y desarrollaría unas nuevas estrategias para vencer al azar, con lo cual tiende de forma sistemática a sobre valorar sus posibilidades subjetivas de ganar. La gente no es capaz de tener en cuenta la dificultad real de ese control.

Ladouceur en su libro editado en 1993 'Aspectos fundamentales y clínicos de la psicología de los juegos de azar y de dinero. Psicología conductual'. Vol. 1 cita el trabajo de Ellen Langer de 1975, donde afirma que los jugadores desarrollan una percepción de control ilusorio en lo que se refiere a juegos de azar. El individuo en situación de juego recurriría a sus habilidades y desarrollaría unas nuevas estrategias para vencer al azar, con lo cual tiende de forma sistemática a sobrevalorar sus posibilidades subjetivas de ganar. La gente no es capaz de tener en cuenta la dificultad real de ese control.


Está claro que esto es algo que necesitamos para sobrevivir, imaginen si no fuera por ese optimismo innato que nos hace afrontar los problemas de la vida, sería terrible, viviríamos asustados y en eterna depresión. Lo malo es que este fenómeno de la ilusión de control, que tan beneficioso es en otros aspectos de la vida, es letal para el jugador de casino y a veces para los banqueros centrales.

Recientemente un informe del banco germano Dresdner Kleinwort Wasserstein leía como Langer demostró la existencia de esta ilusión de control.


En una muestra muy amplia de población a determinadas personas se les asignó un número de la ruleta al azar y a otras se les dejó escoger el número que quisieran. Los resultados fueron sorprendentes, aquellos que escogían el número apostaban una media de 9 dólares por billete, los que se tenían que conformar con un número al azar apostaban una media de 2 dólares. Es decir, los jugadores que escogían los números sufrían de pleno la ilusión de control y esto les hacía apostar 4,5 veces más que los que no, cuando obviamente el hecho de escoger el billete no tenía ninguna influencia sobre el azar puro que determinaría el número premiado.

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